6 dic. 2007

La Escucha Pedagógica: Escuchar no es sólo oir

En la vida acelerada de hoy, se dan momentos vertiginosos la mayoría de las veces. Todo es rápido, nada ni nadie es capaz de estar en calma.
Frente a esta realidad, es cada vez más difícil cultivar actitudes que nos dispongan para escuchar. La comunicación humana se sirve para enviar mensajes de elementos corporales, gestos, sentidos y otros recursos. Todos juntos constituyen el mensaje entero. 

No sólo es lo que escuchamos lo que importa, sino todo lo que lo acompaña. Esto calza muy bien con la actitud de escucha que debemos desarrollar las maestras con nuestros niños en el Jardín de Infancia, doonde los recursos que usan nuestros pequeños para comunicarse son inacabables.

Esta concepción de escucha es muy aceptada debido a que constituye una manera de contrarrestar los efectos de nuestra sociedad, en el sentido que debido a la intromisión mediática las personas nos estamos alejando cada vez más de la comunicación "cara a cara". Es pues una humanización o "rehumanización" de esta vital habilidad humana.

Mirar ayuda a escuchar. Ver a los niños permite a las maestras comprender mejor como es que los pequeños reaccionan frente a su entorno, las decisiones que toman y las opciones que establecen. Hoy en día los adultos estamos cada vez más centrados en la vista y el oído, descuidando las posibilidades comunicativas que nos brinda el tacto y el olfato.


En cuanto al primero, un abrazo cariñoso, una caricia, un escuchar mientras se le toma la mano al niño son maneras de aplicarlo. Debemos desterrar el "no tocar" que muchos de nosotros experimentamos de pequeños. Abrir el tacto interpersonal como una herramienta que se debe utilizar con paciencia, práctica y apertura.

Para poder escuchar al otro es necesario, primero, saber escucharse a sí mismo. Escuchar nos permite una mayor cercanía al mundo y por lo tanto a los niños. Para escuchar es recomendable reservar un "tiempo fuera", lejos de la cotidianeidad y de la velocidad. Saber escuchar implica también que no es necesario estar hablando todo el tiempo para comunicarse. Un diálogo incluye escuchar atenta y abiertamente, para comprender más allá de las palabras.

El escuchar es todo lo contrario que la ausencia de respuestas. Puede ir desde el silencio comprensivo hasta una respuesta comprometida, expresada en un comentario estimulante o un diálogo fértil y provechoso.

Al niño hay que escucharlo con respeto, creyendo en sus potencialidades, tomando en serio sus posibilidades de elaborar hipótesis, valorando la expresión de sus sentimientos. Debemos suspender nuestros juiccos de valor y nuestros prejuicios, mostrándonos disponibles a posibilitar el cambio.

Un niño que se siente escuchado, se siente reconocido desde su intuición y su capacidad de expresarse a través de los diferentes códigos que maneja. De este modo genera autoconfianza, sale del anonimato y legitima la posibilidad de poder plantear lo que piensa en un diálogo. Sabiendo escucharlo, estaremos contribuyendo en gran manera al desarrollo integral de un niño que forjará con seguridad los valores que defenderá de adulto, como el respeto, la responsabilidad y la solidaridad.

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