29 ago. 2011

Cuentos para promover la autoestima: Un granito de arroz

Hace muchísimos años, en un país que no es este, existió una colina que no era como las de aquí. A los pies de esa colina había una aldea donde sus habitantes no vivían muy felices, y por eso la colina era gris. La gente se sentía triste sin nunca saber cuál era el motivo de su tristeza.




Uno de sus habitantes era un niño llamado Fito. A Fito le gustaba mucho ayudar a mamá en la cocina, pero lo entristecía ver que siempre preparaban lo mismo en casa. Fito sentía que podía ayudar, pero no descubría cómo hacerlo.

Un buen día, Fito decidió visitar la aldea cercana. Esta aldea no era gris como la suya sino verde, muy verde. Los aldeanos cruzaban las calles felices, los mayores silbando y los niños saltando. Caminando por sus calles, Fito descubrió una casita muy bonita. En ella había un letrero que decía: "Descubre la receta de la felicidad" - Curso de cocina para niños. Fito no lo dudó y se inscribió.

Fito iba a las clases seguido y era tan aplicado que se memorizó todas las recetas, hasta las más complicadas. El problema era que al hacerlas, nunca le salían bien. Unas veces se le quemaba la mantequilla, otras veces se le pasaban las medidas de sal o agua e incluso en otras el preparado terminaba en un mazacote incomible.

Un buen día Fito se sentó bajo un árbol a la salida del curso. Revisaba su cuaderno de notas cuando descubrió entre las páginas un granito de arroz. Al querer cogerlo y para su asombro, el granito de arroz dió un brinco y le dijo así:

-¿Por qué me despiertas? ¡Estaba calentito aquí adentro!

Fito dió un salto. No podía creerlo. ¡Un arroz le estaba hablando!

-Puedes hablar!

-...y cantar y bailar y hacer muchas cosas. Y apuesto a que tú también.

-No. La verdad que nada me sale bien.

Fito regresó a casa y se quedó conversando con el granito de arroz. Ya iba siendo hora de dormir, cuando finalmente le contó su problema.

-No te preocupes, Fito -le dijo el arroz, brincando de alegría-. Déjamelo a mí.

Al día siguiente, Fito asistió a su curso de cocina ocultando el granito de arroz en su bolsillo. Antes de que se diera cuenta, el arrocito ya se había trepado y escondido detrás de su oreja. Pero no le dijo una palabra hasta el final de clases:

-Fito, creo que sé lo que te falta. Mañana cuando regresemos te lo diré. Ah, sólo una cosa más. Piensa qué es lo que más te gusta en la vida, lo que más anhelas y lo que más feliz te hace.

Fito aceptó. Al día siguiente le contó al arrocito:

-Lo que más me gusta es hacer la comida con mi mamá y anhelo verla feliz, así como sus canciones me hacen feliz a mi.

-Pues entonces, Fito, cuando estés cocinando, piensa en esas canciones. Siente lo que haces como sientes esas canciones. Hazlo con el corazón.

En ese momento la clase empezó y con ella Fito a entonar una canción, tarareando su melodía. En su mente apareció la imagen de mamá cocinando, y en su corazón un sentimiento de inacabable felicidad. Las manos de Fito se movían por toda la mesa cogiendo los ingredientes con suavidad pero con destreza y seguridad.

Sus amiguitos de curso estaban asombrados. Un festival de luces de brillantes colores saltaban por todas partes en la mesa de Fito. Nadie más atinaba a hacia nada. Hasta que Fito terminó su receta.

El profesor, un Chef muy serio y un poco gordito, se acercó. Con una ceja levantada tomó una cucharada del plato de Fito y se hizo el silencio.

Una sonrisa de plenitud se dibujo en el rostro del profesor y sus pies se desprendieron ligeramente del suelo, mientras un luminoso arcoiris se dibujaba en su pecho.

La noticia corrió como un río caudaloso y llegó a la aldea de Fito antes que él regresara de su clase. Fue recibido como un héroe. Fito se encargó entonces de expandir su arte en la aldea, que se iluminó a partir de entonces con los brillantes colores del arco iris.

Pero lo que Fito nunca dejó de hacer fue preparar la comida con mamá -la mamá más feliz de la aldea- en su cocina.

Y fue así como Fito descubrió que para ser y hacer feliz a todos, primero debes estar feliz de tí mismo, de lo que eres, y de lo que puedes ser capaz de hacer. No importa lo pequeño que te sientas.

¿Y qué fue del granito de arroz? Bueno, nadie supo nunca más de él. Pero cuando estés bajo un árbol y te sientas preocupado y confundido, podrías dejar tu libro o tu mochila del colegio abiertos. A lo mejor encuentres un arrocito dentro al volver a casa...

Imagen: Voices Empowered

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