Durante los últimos nueve meses, más o menos, te has preparado para dar a luz a tu hijo por primera vez. Te inscribiste en cursos de
psicoprofilaxis, seguramente recomendados y auspiciados por tu clínica u hospital. Recibiste hermosos regalos en tu
baby shower y también miles de consejos sobre cómo criar a tu pequeñín. Pasaste también por
desbalances hormonales, te cambiaron los
sabores y el humor y llamabas -o despertabas- a tu esposo más seguido.
Pero es muy probable que nadie te haya contado lo que pasa cuando llegas a la
sala de parto. Así que me pareció buena idea contarte como me fue a mí.
Antes de llegar a esa sala, tienes que llegar a la
clínica. Los
dolores que me despertaron a mi y a toda mi casa esa noche eran los más fuertes que había sentido, hasta entonces. Todo estaba empaquetado y
enmaletado, las calles estaban libres así que llegamos sin dificultad. Cuando el
ginécologo me revisó, te sorprendió al decirme que recién iba en dos centímetros de dilatación.
Faltaban ocho!.
La espera se me hizo interminable y medio día después las
contracciones comenzaron a hacerse más rápidas. Felizmente tuve a mi esposo conmigo en todo momento para apachurrarlo y jalarle los pelos en cada contracción. El lo soportó con heroismo. Atrás habían quedado los ejercicios de
respiración y todas las recomendaciones de la
experta en psicoprofilaxis. La hubiera querido tener al frente para decirle un par de verdades!
Finalmente llegué a los ocho centímetro y me llevaron en una camilla a una especie de
sala de espera, muy confortable. Ahí me monitorizaban mis latidos y los del bebé mientras preparaban la sala de parto. Mi esposo había firmado y presentado una
solicitud para estar presente en el parto. En un determinado momento el doctor, que no me dejo sola ni un instante, notó un ligerísimo
bajón en los latidos del bebé. Al segundo bajón me indicó que lo mejor sería realizar una
cesárea.
Mi esposo, que esperaba fuera, fue puesto al tanto por el doctor mientras a mi me llevaban a la sala de parto. Me tranquilicé al oirle decir "Ahí voy". Me ubicaron junto a la mesa de operaciones y me pasaron a ella con delicadeza. Me conectaron a diferentes
medidores y a la
anestesia, mientras me contaban cada cosa que hacían. A la altura de mi cuello pusieron una
tela verde a manera de cortina. Ademas del
médico cirujano, habían tres
asistentes más y la
anestesióloga. Ella era la que mandaba ahí y estaba en mi cabecera. Me hacían sentir tranquila con sus comentarios y atenciones.
Yo estaba ya
laxada, pero despierta. No sentía nada. Oi llegar a mi esposo y lo condujeron hacia la cabecera. Me tomó de la mano y no me soltó hasta el final. Se veía gracioso vestido de médico con su gorrito y su mascarilla blanca. Con la
emoción casi mueve el catéter de la anestesia. Yo no la vi, pero por su gesto de terror supuse (y bien, segun me contó después) que la corpulenta
anestesióloga le había mandado una mirada de piedra. Se escuchaban los ruidos métalicos de los
instrumentos quirúrgicos. Hubo un ligero sacudón y senti que se me aliviaba de un gran peso. Mi esposo levanto la vista. Yo aun no la veía, pero le consulté a mi pareja si estaba bien. El miró al médico.
Todo estaba muy bien: era niña. Lloró un poquito, sin que la palmearan.
Le dieron para que cortara el
cordón umbilical a mi esposo. Luego procedieron a limpiar a mi bebita y me la mostraron por un momento.
Fue maravilloso. El mundo se apretujó todo en esa naricita arrugadita. Luego se la llevaron para terminar la limpieza y abrigarla. Mi esposo tomó algunas
fotos, pero tuvo la brillante idea de hacerlo con flash, lo cual tomó desprevenidos a los médicos.
Puesto todo de nuevo en su sitio, pasé a la
sala de recuperación donde estuve por unas dos horas. Luego pasé a mi
habitación, donde al poco tiempo me entregaron a mi chiquita. Me la quería comer, pero ella tenía más hambre que yo, así que comenzé a
darle pecho. Las
enfermeras me asistían en todo momento hablándome de la mejor posición para dar de lactar, que no me preocupara si no salía leche al principio, siempre hay; que me relajara, que priorizara siempre
mi leche sobre las enlatadas o en polvo, y muchos
consejos más que valoré mucho en mi nueva experiencia como madre.
La
recuperación de la cesárea toma unos pocos días. Una recomendación importante que me dieron fue empezar a
dar pequeños pasos lo antes posible, para estimular la irrigación sanguínea y una recuperación más
rápida.
Esa fue, en poquísimas palabras,
mi experiencia al dar a luz. Espero que al hacerlo te haya ayudado a visualizarlo mejor. Nada mejor que lo desconocido para crearnos un
temor exagerado.
Si bien di a luz por cesárea y no por
parto natural, creo que la
sensación tan especial de
saberte madre, capaz de
crear esa vida que recién respira, es
universal.
Imagen:
Todo Alergias.