Hace muchísimos años, en un país que no es este, existió una colina que no era como las de aquí. A los pies de esa
colina había una aldea donde sus habitantes no vivían muy
felices, y por eso la colina era
gris. La gente se sentía triste sin nunca saber cuál era el motivo de su
tristeza.
Uno de sus habitantes era un niño llamado
Fito. A Fito le gustaba mucho ayudar a mamá en la
cocina, pero lo entristecía ver que siempre preparaban lo mismo en casa. Fito sentía que podía
ayudar, pero no descubría cómo hacerlo.
Un buen día, Fito decidió visitar la aldea cercana. Esta aldea no era gris como la suya sino verde, muy
verde. Los aldeanos cruzaban las calles
felices, los mayores silbando y los niños saltando. Caminando por sus calles, Fito descubrió una casita muy bonita. En ella había un letrero que decía: "Descubre la
receta de la felicidad" - Curso de cocina para niños. Fito no lo dudó y
se inscribió.
Fito iba a las clases seguido y era tan aplicado que se
memorizó todas las recetas, hasta las más complicadas. El problema era que al hacerlas, nunca le salían bien. Unas veces se le quemaba la mantequilla, otras veces se le pasaban las medidas de sal o agua e incluso en otras el preparado terminaba en un
mazacote incomible.
Un buen día Fito se sentó bajo un
árbol a la salida del curso. Revisaba su cuaderno de notas cuando descubrió entre las páginas
un granito de arroz. Al querer cogerlo y para su asombro, el granito de arroz dió un
brinco y le dijo así:
-¿Por qué me despiertas? ¡Estaba calentito aquí adentro!
Fito dió un salto. No podía creerlo. ¡Un arroz le estaba hablando!
-Puedes hablar!
-...y cantar y bailar y hacer muchas cosas. Y apuesto a que tú también.
-No. La verdad que nada me sale bien.
Fito regresó a casa y se quedó
conversando con el granito de arroz. Ya iba siendo hora de dormir, cuando finalmente le contó su
problema.
-No te preocupes, Fito -le dijo el arroz, brincando de
alegría-. Déjamelo a mí.
Al día siguiente, Fito asistió a su curso de cocina ocultando el granito de arroz en su
bolsillo. Antes de que se diera cuenta, el arrocito ya se había
trepado y escondido detrás de su
oreja. Pero no le dijo una palabra hasta el final de clases:
-Fito, creo que sé lo que te falta. Mañana cuando regresemos te lo diré. Ah, sólo una cosa más. Piensa qué es lo que más te
gusta en la vida, lo que más
anhelas y lo que más
feliz te hace.
Fito aceptó. Al día siguiente le contó al arrocito:
-Lo que más me gusta es hacer la
comida con mi mamá y anhelo verla feliz, así como sus canciones me hacen feliz a mi.
-Pues entonces, Fito, cuando estés cocinando, piensa en esas canciones. Siente lo que haces como sientes esas canciones.
Hazlo con el corazón.
En ese momento la clase empezó y con ella Fito a entonar una canción, tarareando su melodía. En su mente apareció la imagen de mamá cocinando, y en su corazón un sentimiento de inacabable felicidad. Las
manos de Fito se movían por toda la mesa cogiendo los ingredientes con
suavidad pero con destreza y seguridad.
Sus amiguitos de curso estaban
asombrados. Un festival de
luces de brillantes colores saltaban por todas partes en la mesa de Fito. Nadie más atinaba a hacia nada. Hasta que Fito
terminó su receta.
El profesor, un
Chef muy serio y un poco gordito, se acercó. Con una ceja levantada tomó una cucharada del plato de Fito y se hizo el
silencio.
Una sonrisa de
plenitud se dibujo en el rostro del profesor y sus pies se desprendieron ligeramente del suelo, mientras un luminoso
arcoiris se dibujaba en su pecho.
La
noticia corrió como un río caudaloso y llegó a la aldea de Fito antes que él regresara de su clase. Fue recibido como un
héroe. Fito se encargó entonces de expandir su arte en la
aldea, que se iluminó a partir de entonces con los brillantes colores del
arco iris.
Pero lo que Fito nunca dejó de hacer fue preparar la comida con mamá -la mamá más
feliz de la aldea- en su cocina.
Y fue así como Fito descubrió que para ser y hacer feliz a todos, primero debes estar
feliz de tí mismo, de lo que eres, y de lo que puedes ser capaz de hacer. No importa lo
pequeño que te sientas.
¿Y qué fue del
granito de arroz? Bueno, nadie supo nunca más de él. Pero cuando estés bajo un árbol y te sientas preocupado y confundido, podrías dejar tu
libro o tu
mochila del colegio abiertos. A lo mejor encuentres un arrocito
dentro al volver a casa...
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Voices Empowered
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