20 jun. 2012

Mi experiencia como hija única

Yo fui hija única. Y algo de lo que se dice sobre nosotros es cierto. Por lo menos en mi caso, que recibí todo el cariño de mis padres sin que nadie lo distrajera y sin que viera la entrega de ese cariño en peligro de disminuir. Pero con el tiempo descubrí que algunas cosas deberían haber tenido algún tipo de control y con más reflexión sobre sus efectos.


Mi mamá tenía dificultades para salir embarazada. Para colmo de males, antes de nacer yo, dio a luz a mi hermano, pero que sólo pudo vivir pocas horas. Es lógico entonces que cuando me tuvo a mí, todos los cuidados, caricias y tiempos dedicados a su bebé no los sintiera suficientes, por un natural temor a perderme.

Fui muy afortunada, pues el amor de mi madre fue tierno, suave, desinteresado y matizado de miles de sacrificios que recién hoy empiezo a descubrir y entender.

Pero este cariño enorme vino de la mano con otras cosas. Mis etapas de desarrollo como niña se retrasaban mucho. Desde el cambio de pañales a ropa interior, de biberón a taza de leche, cambiarme la ropa y amarrarme los zapatos yo sola. Todo me lo hacía mi mamá.


La comida en papillas; las uvas peladas partidas y sacadas las pepas. Me acostumbré a que todo me lo hicieran, no salía a la calle, ni a la puerta de la casa, sola por temor a que me pasar algo. No frecuentaba a mis amigas del colegio, vestía con ropa demasiado formal que me incomodaba muchísimo cuando jugaba con mis primos.

Además, mi papá era una autoridad muy importante en la región en que nací, así que los engreimientos me llovían también en las reuniones que organizaba papá en casa con funcionarios que acudían con sus hijos, buscando que formáramos un grupo social infantil bastante interesado.

Estuve a punto de creerme que el mundo giraba alrededor mío. Tuve suerte, pues a otros hijos únicos no les fue tan bien y terminaron demandando a la vida todo lo que sus gigantescos egos creían merecer. Cuando no lo recibían el mundo se les venía abajo.

La inocencia natural de mi niñez me acompañó hasta muy entrada mi edad adulta. Me costó muchísimo independizarme, socializar con jóvenes de mi edad o descubrir las malas intenciones en la gente.


Afortunadamente todo eso se normalizó en la universidad. Aunque el rubor me sorprendía a veces cuando se tratan ciertos temas en las divertidas reuniones con mis amigos.

Nunca terminaré de valorar el inmenso amor que me dieron mis padres. Y aunque desmedido, nunca lo consideré exagerado. Desde que tengo a mis hijos he buscado darles ese mismo cariño generoso, pero cuidando de que no interfiera con su desarrollo como personas de bien y capaces de bastarse y defenderse en el futuro.

Espero que este testimonio te sirva de algo en caso tú tengas un hijo único, para que sepas que no está mal amarlos tanto, pero siempre y cuando tengamos conciencia de cuándo les estamos haciendo un mal por quererles hacer un bien. Ellos te lo sabrán reconocer a su tiempo. Te lo digo por experiencia!

Imágenes: GodBlessYouWomansDayTheAge.
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