30 oct. 2012

Cuentos infantiles cortos sobre la obediencia: Grizka el oso

Este es una relato corto creado para promover la obediencia en los niños y se suma al cuento que compartimos contigo en un post anterior. Esta vez, nuestro cuento tiene como protagonista a un osito grizzly llamado Grizka y se desarrolla entre montañas, bosques de pino y ríos torrentosos. Esperamos que te guste a ti y a tus niños.

Grizka y los salmones saltarines


Amanecía en el valle de Tundaraya y así como el día despertaba el río. Las montañas se empinaban majestuosas y las orillas del gran río aún brillaban con las últimas gotas de rocío, cuando de entre los matorrales apareció Grizka.


Grizka, un osito grizzly muy inquieto, parecía buscar el rastro de conejos o ardillas. Pero en realidad lo que hacía era disimular sus ganas de lanzarse a cazar salmones en las torrentosas aguas del gran río.

Sus amigos también se habían acercado al río con él sin saber lo que tramaba a pesar de que papá, el gran grizzly mayor, le había advertido muchas veces de los peligros del agua crecida, sobre todo en época de deshielo.

Pero Grizka ya lo tenía decidido; atraparía por lo menos un delicioso salmón antes de que papá se dé cuenta. Sabía que no tenía mucho tiempo porque el gran oso bajaba temprano a buscar su desayuno.

- No lo hagas, Grizka - le suplicaba su amigo Ioga, que ya había descubierto sus intenciones - es muy peligroso.

- No te preocupes, sólo tomaré un salmón y nada más - respondió Grizka, confiado.

Con mucho cuidado el osito trepó sobre las primeras piedras. Eran lisas y estaban algo resbalosas, pero Grizka siguió adelante. A medida que saltaba de roca en roca éstas se hacían más grandes al igual que el tronar del río. Finalmente el osito se detuvo en una gran roca donde el torrente soltaba toda su furia, haciéndola temblar. Grizka estaba realmente asustado pues sin darse cuenta se había adentrado hasta la zona más profunda de la corriente.

Los salmones saltaban por todas partes. Ver toda esa comida saltando  a su alrededor hizo que Grizka se olvidara por un momento de dónde estaba. De pronto, un salmón le saltó muy cerca. Al tratar de darle un zarpazo el pobre osito perdió el equilibrio y cayó al río.


Sus amigos, espantados, lo seguían gritándole que nadara hacía la orilla, pero Grizka no oía nada más que las rocas golpeándose bajo el agua que rugía mientras se lo llevaba directo a una cascada.

Grizka ya sentía que las fuerzas le abandonaban, cuando sintió que un poderoso golpe lo hacía volar por los aires y caer en la orilla. Luego de unos minutos despertó pero todo lo que podía ver era la tremenda cabezota de un oso que lo lamía. Al verlo volver en sí, el oso mayor - de quien era aquella cabezota - se paró sobre sus patas traseras y alzando las garras, bramó:

- ¿Qué te dije de acercarse al río y de sus peligros? - decía, mientras todo el valle parecía temblar con aquel gruñido -. !Me desobedeciste  y al hacerlo arriesgaste tu vida, Grizka !

-Lo siento, lo siento - decía el pobre osito, entre asustado y sinceramente arrepentido.


- Bueno, pues - el bramido daba paso a una voz aún severa, pero cariñosa -; espero que te sirva como lección. Cuando tengas la edad suficiente, pescaremos juntos. Mientras tanto, por favor entiende que cuando te dije que no debías entrar al río lo hice por tu bien, no por molestarte.

- Si papá, ahora lo entiendo.

Los meses pasaron hasta que llegó el día en que Grizka se hizo grande y pudo cazar sus propios salmones, al principio en compañía de papá. Con el tiempo se convirtió en un oso muy respetado en el grupo por su gran valor y porque siempre escuchaba los consejos de todos, desde los sabios ancianos hasta los más jóvenes.

Por eso, cuando le tocó reinar en el valle de Tundraya, lo hizo con gran sabiduría y por muchos, muchos años.



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