21 mar. 2013

Hoy se fue mi nana... otra vez!

De niña tuve una nana llamada Cirila. Era mi amiga, mi confidente y mi segunda mamá. Llegó a casa poco antes que yo naciera y se fue ocho años después, dejándome con un profundo sentimiento de pena y soledad.

Mis papás trabajaban ambos y tuvieron muchos problemas en encontrar otra persona tan buena y dedicada como lo era Cirila y a la que además yo aceptara.


Hoy día he revivido esa experiencia en mi hijo. Luego de casi 6 años, su nana también tuvo que partir. Pero está vez yo estaba preparada.

Cuando Raquel me avisó que había conseguido un trabajo en un restaurante decidí organizar con ella la mejor manera de hacerlo, para que mi pequeño no sufriera como yo había sufrido.

Ella era un ángel. Demostraba gran cariño y paciencia con mi pequeño. Su vocación brillaba de manera natural en cada cosa que hacía y tanto familiares como vecinos me recordaban la suerte que había tenido al encontrarla.

Nunca tuve un enfado con Raquel. Siempre hizo muy bien su labor, con alegría y mucho amor. Daba gusto conversar con ella al llegar a casa y muchas veces tenía que obligarla a irse a la suya porque se hacía tarde para tomar el bus.

Mi hijo había creado una linda relación con su nana. Cuando conversábamos me hablaba de los cuentos que le contaba o de lo que habían jugado. "Porque Raquel dice..." era su frase favorita. Todo eso me hizo pensar que debíamos buscar la manera más adecuada de decirle que su querida Raquel se iba.

Lo primero que asumimos fue que la pena la tendría de todas maneras. Lo que debíamos evitar era aquello que los especialistas advertían que podía pasar si no se conversaba con los niños o si la separación era demasiado abrupta: desarrollar en el futuro conductas como el rompimiento rápido con sus parejas por evitar la tristeza o sentir angustia extrema cuando llega ese momento.

Decidimos que primero conversaría yo con mi hijo. No fue sencillo y las palabras no llegaban con facilidad. Al principio me escuchaba tranquilo, pero en un momento sus ojitos se humedecieron y cada una de sus preguntas me rompió el corazón.

"Pero, ¿se va a ir muy lejos? ¿No la voy a ver nunca más? ¿Ya no me quiere? ¿No puede venir después de su trabajo? ¿Porque si quiere puede venir a dormir aquí, no?"

Yo se lo expliqué todo serenamente, mostrándome protectora y comprensiva, diciéndole que era por su mejora, que ella estaba muy feliz por eso pero también muy triste por dejarnos; que para ella tampoco era fácil y que quería hablarle.

Luego le tocó el turno a Raquel. Quedamos en que se muestre apenada por dejar a mi hijo, pero alegre por las nuevas oportunidades que la vida le ofrecía. No ocultarle nada, decirle todo tal como era. Los dejé solos para que hablaran. Al poco tiempo los fui a ver y estaban jugando juntos en el cuarto de mi hijo. Raquel levantó la mirada y con un solo gesto me alivió el alma.

Me contó luego de sus preguntas: - ¿Podré ir a visitarte? - Claro que sí; y yo también vendré a visitarte. - ¿Te vas a casar?  - No! Todavía no.  - Ah ya. Me avisas, ya?. "¡Que difícil era esto, señora!" - me confesó Raquel, suspirando abrumada.

Durante todos los días previos a la partida de su niñera, mi hijo siguió preguntando e inventando mil y una alternativas nuevas.

Al llegar el gran día, nos dimos un gran abrazo con Raquel, pero mi hijo no apareció. Lo encontré en su dormitorio con la cabeza debajo de la almohada.

- ¿Quieres despedirte de Raquel, Ale? - No! - ¿Seguro?; porque se va a ir muy triste si no te despides... - No!

Decidí no presionarlo; que procese el "duelo" a su propio ritmo. Se lo expliqué a Raquel y le dije que nos visite apenas pueda.

Ya estaba cerrando la puerta, cuando Ale pasó como una bala y se abrazó a sus piernas. Luego, le mostró su dinosaurio de plástico favorito y con una gran sonrisa le dijo: - No estés triste Raquel, que nos vamos a ver seguido; toma.

Raquel y yo intercambiamos miradas y sonrisas, luego levantó a mi hijo y dándole un gran beso en la mejilla se obsequiaron el último abrazo.

- Entonces hasta pronto. - Ya, chau!

Ya van varias veces que Raquel nos visita y que la visitamos. Su relación con mi hijo es la de dos grandes amigos. Todavía Ale me corrige cuando lo atiendo, con un "Raquel lo hacía así", y así lo hago. Y cuando quiere contarme alguna anécdota de Raquel, lo escucho. Pero afortunadamente no hubo en él ningún síntoma de desapego de los que advierten los psicólogos en estos casos como insomnio, falta de apetito o baja en su rendimiento escolar.

Hoy mi nana se fue otra vez; pero esta vez lo hizo por la puerta grande.



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