10 jun. 2016

La ternura: breve testimonio de un bebé y mamá

Fue difícil, naciste de madrugada y me demandaste sangre, sudor y lágrimas. Entonces, tu cabecita en mi pecho, ¡Dios, que dicha! No pude reprimir el llanto, finalmente era mamá por primera vez.



Luego del reposo, viniste a tomar su leche. Mi alma entera parecía fluir hacia mis pechos, sentir a mi bebé que solicitaba de él, de todo él, para sobrevivir. Y así será, pensé convencida.

Fueron noches de desvelo, sin duda. Entre melodías infantiles, aroma a piel recién bañada, cada desvelo era una razón suficiente para existir.


Tus ojos se fueron abriendo, tus manitas se cerraban en mis dedos, acolchaditas. Tu boca jugaba con su lengua. A veces parecías entender: alguien aquí me quiere, me da calor, me alimenta. Soy tu mamá, te respondo; y luego, te canto.

Estás sano, hijo mío, somos afortunados. No me canso de mirarte con la luz del sol colándose por la ventana. No me canso de escuchar tus murmullos y suspiros mientras duermes tranquilo en tu moisés, cerca de mi cama, dueño de mi corazón.


Desde que llegaste a casa esta se llenó de paz, de ternura. Ningún sacrificio es suficiente, todo es para ti: mis amanecidas, mis angustias, pero también mis canciones de cuna, mis abrazos y cosquillas.

Ya abriste los ojos, ya me vez y me sonríes. Eres adorable, mi amor. Aquella manta que te tejió la abuelita hace juego con tus ojos pardos y tu alma de fantasía. ¿Me regalas un parpadeo, por favor? Algunos números no alcanzan este mes y no sabes cuanto lo necesito, mi pequeño milagrito.


Sé que no entiendes lo que te digo, pero sientes el amor en mi voz. Lo sé porque sonríes al escucharme, luego prestas atención y sonríes otra vez.

Uy, tienes sueño. ¿Soñarás conmigo, como yo contigo? Solo un último destellos de tus ojos de buenas noches. Gracias, mi amor. Duerme tranquilo; tu mamá está aquí, contigo.
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